google.com, pub-8945177060299013, DIRECT, f08c47fec0942fa0 Bonet Blog Procesal: Las patrias perdidas (de Fernando Pamos de la Hoz)

jueves, 8 de septiembre de 2011

Las patrias perdidas (de Fernando Pamos de la Hoz)

Acabo de leer, de un tirón, las 160 páginas del libro escrito por el abogado Fernando Pamos de la Hoz titulado "Las patrias perdidas, una visión del proceso judicial de Antonio Puerta y Jesús Neira".

En la web en que puede bajarse gratuitamente en formato digital (http://www.bubok.es/libros/201278/las-patrias-perdidas-una-vision-del-proceso-judicial-de-antonio-puerta-y-jesus-neira), se publicita con las siguientes palabras:



"Fernando Pamos de la Hoz ha sido el abogado defensor de Antonio Puerta en el caso “Jesús Neira”. Desde esa defensa narrada de primera mano, diseccionando el proceso judicial en un lenguaje apto para profanos, da voz a Antonio, un ser humano acorralado por la presión de los medios y la clase política, que falleció en el mes de octubre de 2010. En este libro, a la vez que reflexiona sobre los juicios paralelos y el daño que los mismos, sin posibilidad además de enmendar el destrozo, ocasionan, materializa todo un repaso a sus ya veinte años de ejercicio profesional, con un componente autobiográfico muy acusado que sorprenderá por su sinceridad y dolor.
Un libro tierno y humano, que hará recapacitar al lector sobre el problema de la drogadicción, en un claro homenaje a esa generación que en los años 80 y 90 se enganchó, sin billete de regreso, a la heroína".

Doy fe, de primera mano, de lo veraz de estas últimas palabras,. Yo mismo pertenezco a esa misma generación de los nacidos en los años 60 (y finales de los 50), y que sufrió en su demasiada mayoría los nefastos efectos de la inmadurez y su consustancial carencia de preparación, unida al imperdonable desconocimiento y a la falta de prevención frente a las consecuencias reales de las drogas (primero blandas y, después, duras). Todo ello en el contexto de una transición no solamente política, sino también social y cultural, que nos abocó, de sopetón, hacia un frenesí de libertad que no siempre supimos gestionar debidamente. Solamente nos libramos de aquello los más afortunados así como también los que, a pesar de que anduvimos en el filo de la navja, tuvimos la suerte de respetar o, mejor todavía, temer, las tentadoras chanzas de un placer inicialmente fácil y, curiosamente, bien visto en lo social (en la particular sociedad de aquellos adolescentes). En cualquier caso, el llibro llega a calar, al margen de su parcial posición en un proceso determinado y de las cuestiones técnicas que incorpora y que no valoro ahora, sobre todo por su desgarradora sinceridad y porque ¿quién no recuerda a alguien, más o menos lejano y querido, que haya sufrido el hachazo cruel de la droga? Todavía resuena en mi mente el eco de las palabras de un amigo cuando me ofreció su versión premonitorio de la famosa canción de Los Calis -aquella de más chutes no, ni chucharas impregnadas de heroina...- Me aseguró pocos  meses antes de fallecer: -"Voy a dejarme la droga porque no quiero morir joven". Martín se llamaba, alrededor de 25 años tenía. No era el único, solamente uno más de los siempre niños y niñas que habían querido ir por delante, hasta el final.

La vida se ha de vivir, exprimir, pero todo a su tiempo y con su tiempo. Y cuanto más, mejor. Siempre he pensado que deberíamos erigir monumentos a nuestros mayores. Por muchas razones, también por su capacidad, y sabiduría, para sobrevivir a los muchos hachazos que, en diversidad de formas, la vida siempre nos tiene reservados.

Otro aspecto que merece destacarse es la crítica a ciertos programas de televisión que, desde hace tanto lamentablemente venimos padeciendo. ¿Quizá empezó todo este desaguisado con el luctuoso asunto de las niñas de Alcácer y todo lo que trajo consigo en su momento? Lo bien cierto es que algunos "parlanchines sabelotodo" se permiten el lujo de vender a la audiencia juicios paralelos, voceando opiniones improvisadas, con escaso cuando no nulo fundamento fáctico ni jurídico, con carencia no sólo de las mínimas garantías constitucionales -cosa de otro lado ínsita al medio de comunicación en que se perpetra el asunto-, sino también parciales entre otras cosas por el desconocimiento patente del material fáctico y probatorio completo que sufren los autores materiales e intelectuales del medio de comunicación.

Han de compartirse, por tanto, las críticas que se vierten sobre estos programas. Otra cosa es que hayan tenido capacidad para, en el caso concreto, condicionar el sentido de las resoluciones en relación con la situación penitenciaria de una determinada persona. Tal cuestión es opinable, cada uno, desde su experiencia, podrá valorar.

En fin, por todo eso, y por algunas otras cosas, creo que el libro merece leerse. Y que el lector saque sus propias conclusiones.